20110114

Dos palabras inesperadas; Te quiero.


Antes de volver a la rutina metropolitana, decidí visitar los lugares que no había pisado en meses. Comencé por mí querido rinconcito, Aguadilla, me sumergí en las aguas frías de mí playa favorita, troté por las calles más hermosas, comí los manjares que tanto me gustan. Me tomé esas cervecitas frías en la noche, escuchando el mar y el acento de Miguel, el gringo. 

Miguel ya regresó a New York. Así que me dirigí al sur a pasar los últimos días de mis vacaciones en familia. Uno de los lugares que me propuse visitar fue la Academia. Han pasado ya tres años exactos que salí de ese lugar. En muchos de mis escritos he mencionado la importancia que tuvo la Academia en mí. A pesar del tiempo y la distancia, conservo allí a una persona muy especial. Ella fue mi profesora de español hace aproximadamente cinco años. Es uno de esos profesores que te cambian la vida para siempre y se quedan en tu existir por la eternidad. De esos que llegan a ti sus palabras en los momentos más cruciales de la existencia, los que realmente calaron hondo. 

Llegué de sorpresa y subí las escaleras rumbo a su salón de clases. La encontré sentada en su escritorio, su salón luce como siempre, lleno de decoraciones y mensajes que fomentan la lectura y la escritura. Cuando me vio se levantó de su silla y corrió a abrazarme. Noté en su cara más arrugas de las que recordaba, también me fijé en que era muy baja en estatura. O por lo menos son detalles en los que nunca antes me había fijado. Me tomó de la mano y me hizo sentarme en un pupitre de esos en los que alguna vez escribí miles de barbaridades. 

Conversamos largo rato. Me dijo de los cambios en la Academia, de sus planes de irse pronto. Le hablé sobre los cambios que he ido haciendo, de la escritura, de los planes. Me dio una crítica muy confiable de la publicación de la Universidad. Reímos otro tanto y al final, si no es porque el timbre de la escuela nos interrumpió, hubiésemos seguido hablando de tantas otras cosas que no logré decirle. 

La despedida fue extraña. Se levantó y me dijo “te quiero”, un te quiero de esos que no esperas escuchar. De esos que pueden lograr arrancarte el alma y dejarte sin aire cuando los escuchas. “Te quiero y quiero que te cuides mucho por allá, que la calle está dura y tú eres uno de los pocos en los que he depositado esperanza, porque sé que tú cambiaras el mundo, aunque sea un poquito…” 

La abracé y me despedí. Prometimos mantenernos en comunicación y juro que me llamaría el día en que abandonara la Academia y tomara el avión que la llevaría fuera de Puerto Rico. 

En mi carro, repasando las palabras de esta mujer, no lo negaré, los ojos se me hicieron agua. Sé que sus palabras fueron sinceras porque pude ver en sus ojos esa verdad. Sé que ella cambió mucho en mí, y que yo cambié mucho en ella. Ella es una de las personas por las que aún sigo en pie de lucha, porque no quiero defraudarla, porque ella cree plenamente en mí. Porque ella ha visto más que muchos otros. Cuando ella parta en busca de un respiro, como lo llama, entonces mis vínculos con la Academia quedarán totalmente disueltos. 

Se me perdió una palabra hace algunos meses. Regresé al lugar donde alguna vez la obtuve y como si fuera una profecía la volví a encontrar. Y para mí sorpresa no sólo una, si no que encontré dos.

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