20101120

Dejar de ser, para intentar ser.


Recuerdo que de niño siempre me gustaba tener mi espacio y pensar. Eso transcurrió durante muchos años como una tradición y estuvo presente hasta hace poco tiempo. Desde que llegué al norte, mi vida cambio radicalmente. Ya no hay playa que valga, ya no hay arena entre mis dedos. Las llamadas al Gringo han disminuido considerablemente, ya no hay pasadías de domingo. El ejercicio que hacía a diario, inmaculadamente, también ha ido cesando. Los días entre amigos, de barra en barra, de lancha en lancha, ya se han ido. La popularidad que una vez nos distinguió se quedó junto al impuesto que se paga antes de subir las cuestas de la Cordillera Central. 

Mi hermano ha ido desapareciendo, sólo veo un antiguo recuerdo de las muchas cosas que antes eran. No más noches de estudio, no más días de ociosidad, todo se quedó en lo que quizás sea mi ciudad natal. Gente que ha partido en un avión, en busca de un bien mejor, los portones se abrieron pero quedaron, a su vez, vetados para mí. 

Las letras, tal vez, siguen merodeando los pasillos de aquella estructura que alguna vez fue parte mía. Todo eso quedó atrás. 

Estacionamiento de Montehiedra Mall. 6:57 PM. Nov 8, 2010
Hoy, sábado. Mientras tengo tres ventanillas cibernéticas abiertas, todas hablándome de ciencia, no pude parar y analizar en lo que me he convertido. La ciudad me ha ido consumiendo poco a poco. Sus luces nocturnas, promocionando productos banales me han hecho un esclavo más de la rutina. Un simple mortal, que nadie conoce, que nadie espera. Uno que paga una factura mensual de teléfono móvil, esperando la cordial invitación de un trago, que cuando llega debe, por obligación y prioridad, ser rechazada. La mente se me fue, a un lugar donde manipulan mis pensamientos y mis sentires, los “schedules” de la siguiente semana. Se vive día a día, pero esperando el miércoles, que quizás sea libre, para continuar trabajando en otra cosa.

La familia queda lejos, bajo el sol tostado del sur. Mientras en el norte, yo intento redimirme, volver a ser quien fui. Entonces, una vez entrada la llamada que tanto anhelo me doy cuenta, por enésima vez que no puedo dar vuelta atrás mientras el cielo que vea en las noches esté contaminado por luces fluorescentes. Esta es la ley de la ciudad, de la capital. Dejar de ser, para intentar ser. Y al final una sola meta; sobrevivir hasta la semana siguiente, para poder seguir la rutina.

Anhelo entonces esos momentos en que me senté y leí el periódico mientras me tomaba un café negro. Tener mi propio espacio y sólo pensar, pero entonces suena la alarma del reloj y debo salir a trabajar.

No era lo que buscaba pero así se dió.

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