20101122

De cómo desaparecieron los verdes

Aquella mañana se levantó con un poco más de ánimos que el día anterior. Las vitaminas ya no le funcionaban en el cuerpo, así que tener ánimos era un pequeño milagro. Se duchó rápidamente y de manera parcial, ya que el jabón cada día costaba más. Cuando abrió el armario, descubrió por enésima vez en ese mes, que no tenía ropa nueva. Entonces decidió cordialmente que ese era el día, de agarrar el tren, para economizar, e ir al lugar donde seguramente encontraría artículos de vestimenta a un precio más que razonable.

En su bolsillo descansaban cuatro billetes verdes, que había conservado durante más de un mes para alguna ocasión especial. Encomendando su fe, a esos cuatro gemelos, a las vías del tren, al sol y a la vida, trasbordo con entusiasmo de estación en estación. Cuando regresó a la superficie el sol brillaba a su máximo esplendor, no había nubes y todo indicaba que se era un buen día.

Camino de tienda en tienda, buscando las ofertas. Ningún artículo le parecía lo suficientemente razonable como para echar a correr uno de sus verdes. Así que siguió caminando. Varias horas después, entendió que no conseguiría nada que comprar, así que se detuvo en un pequeño café que hacía esquina. Ordenó un pocillo, lo más barato del lugar. Cuando fue a pagar, metió su mano en su bolsillo derecho, buscando un verde. No sacó nada. Sonrió al cajero y repitió el acto, pero esta vez haciéndolo en su bolsillo izquierdo. Tampoco sacó nada. Entonces, su cara se tornó rojiza y comenzó a rebuscarse el cuerpo. Buscaba con intensidad a sus cuatro amigos, los verdes. Ni rastro de ellos.

El cajero se rió y le dijo que se marchara impidiendo que éste le diera una explicación. Caminó hacia la estación del tren, rebuscándose aún. Los verdes habían desaparecido y en sus bolsillos sólo había tela de mahón. Cuando llegó al tren se percató de que tampoco tenía dinero para poder pagar el viaje de alrededor de cinco millas.

Frustrado, decidió caminar. Mientras caminaba pensaba en como todo en esa extraña ciudad era cosa de dinero. No habían transcurrido ni siete minutos de caminata, cuando un trueno rajó el cielo en dos y miles de gotas cayeron. Toda sobre él. Llegó a su destino empapado, sin dinero, sin ropa nueva y furioso.

Entonces supo que todo funcionaba por dinero y que éste era la base de la sociedad. También entendió que no vale la pena guardarlo con recelo, pues al fin y al cabo, esos verdes amigos nuestros, siempre se escapan porque están hechos para correr de mano en mano, sin parar.

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