20100602

Y lloré

Recuerdo aquella mañana en que me desperté con las lágrimas tragadas. Sobre mis hombros estaba el peso más inmenso. Las cruces no me redimían, la ostia no me dio la paz que necesite. La biología socavó. Las letras se murieron en una libreta llena de cartas de despedida. La comida traiciono mi intestino, sólo vómitos salían. Las losetas amarillas del pasillo, me repugnaban. La sed me mataba. El olor a café me mareaba. Estaba sordo. El corazón latía sin parar, con ganas de salir y correr calle abajo. La respiración agitada, las piernas lentas. Los dedos hinchados y el frío que nunca se siente en el sur, estaba presente.

Ese día, lloré. Las lágrimas salieron, se destrabaron. Corrieron camino abajo, la espalda flaqueó y calló, bajo la mesa de una biblioteca con el olor único de 75 años de fundación. Las horas pasaron, nadie interfirió. Quien lo intentaba era intimidado por el aura que despedían los sentimientos reprimidos durante una vida entera. Las cartas eran escritas con intensidad, una despedida para cada uno, una letra del abecedario por persona. La virgen miraba moribunda desde la pared, entre sus brazos un bebé. Ella misma no soportaba el vacío que había en el lugar, por eso permaneció quieta, observando.

Las dudas afloraron, la partida llego. Las piernas solas tomaron su rumbo, lagrimas en cada mejilla. Tres millas por caminar, dolor en mano. Corazón entumecido y agrietado. Garganta trabada, suspiros hondos. El vacío era un destierro, una tortura. En algún momento se fue en fuga, esa cosa que ya no latió más, en la caja del pecho; nada.

Umbrales de decepción, paredes de una cárcel intimaban con mi espalda, casi rejuvenecida. Escaleras sinfín visualizaban la ruta caminada. ¿Dónde está el tope? ¿Dónde está la lluvia?

Un círculo, entre árboles, simulaba lo que debía ser un drama de la vida. Escalones a lo griego, menos lagrimas, más calma. Y reconocí la fe. Y en la alameda, con la alborada creciente, lloré.

Y no fue con el arte. Fue donde caen las flores amarillas cada primavera, donde un Cristo vigila las generaciones mientras corren y se columpian. Donde un jardín con definíos refresca el lugar. Donde una vez me hice hombre, allí lloré. Y descubrí la fe en mí. Y casi me muero, porque cuando se llora de verdad, es como morirse en la adversidad, con las manos atadas, sin refugio y sin fuga.

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