Las hojas caen. Soy biólogo. Conozco la función de las hojas en la naturaleza, su estructura, pero no escribiré sobre eso. Una hoja, insignificante, es pequeña en comparación con todo lo demás. Sin vida, algunas secas, otras verdes. Pero, qué sería el árbol sin una hoja menos; de seguro sería igual.
Todos somos una hoja. Simples. Llenos de emociones y caminos por recorrer. Una hoja que entre sus venas capilares lleva la esencia de la vida. Nacemos atados al árbol, esperando el vendaval, disfrutando de la seguridad que nos da ese gigantesco soporte. Amarrados, crecemos, nos volvemos verdes. Amplios, anchos, llenos de vida.
Cuando llega el otoño vamos cayendo. Lentamente, nos deslizamos por el aire en piruetas suicidas. Con el sol bañándonos, escogemos el lugar donde reposaremos. Allí nos secamos, nos podrimos, la lluvia nos moja, el vapor nos quema. Y sin darnos cuenta, fertilizamos la tierra, para que una nueva generación la pueda disfrutar. La fertilizamos haciéndola más pura, más grata, con los restos de una vida, de un ciclo.
¿Qué fuera del bosque sin una hoja? De seguro, seguiría igual. ¿Qué fuera del bosque sin hojas? No existiría.
Es por eso, que tú, eres importante. Porque formas parte fundamental del bosque. Eres lo más mínimo, lo menos diverso, pero tu función es única. Eres parte de un todo, de ti, de mí, de ellos. Estas destinado a ser lo que siempre has querido. En un lugar donde abundan los que son como tú, donde se pelea por no ser el primero en caer, eres tú dueño de tu destino. (Que no suene como Coelho.)
Y cada primavera, floreces, enseñas ese verdor, ese brillo. Te apagas cuando llega el otoño porque es ley de vida. Te digo, que sigas, que en el camino de desprenderte del árbol, seguramente encontraras corrientes alisas que pueden perturbarte, pero en la sombra de ese tronco podrás observar con serenidad. Y en fin, la vida es todo un ir, una belleza.
Somos una hoja, el bosque son mil hojas.

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