"Nosotros sin los de antes, no seríamos los mismos"
-A
La lluvia cae y la observo desde la ventana del segundo piso, desde mi habitación. Sobre la mesa de noche descansan los libros de Vargas-Llosa, mi mayor inspiración. El ambiente está frío, comido por la humedad. En mi escritorio me esperan los textos que debo editar y cerciorarme de que valgan la pena. No sé dónde dejé mi celular.
La lluvia siempre me hace recordar, me hace pensar. Uno tras otro, entran a mi habitación los momentos más memorables de mi niñez. Las figuras de niños, que alguna vez fueron mis amigos, corretean alrededor de la cama, escucho sus risas. No puedo evitar sonreír. Recordar el largo camino, el hermoso camino de la niñez, siempre es placentero. Resulta curioso que la vida esté llena de despedidas. Desde pequeños aprendemos lo dolorosas que pueden resultar. Quizás, mi primera despedida fue la de mi perro Beethoven. Tenía yo tres o cuatro años cuando murió, por envenenamiento. El corazón se me partió en dos. Lloré toda la noche en la falda de mi mamá. Y aún hoy, cuando miro, colgado en la pared de la oficina de mi papá, el retrato con él, se me revuelve el estomago.
Las despedidas son inevitables. Muchas de ellas duelen con pesar, sobre el corazón, el cuerpo y el alma. Son ciclos que culminan con la necedad que tuvimos en ese momento. Conozco del tema. He estado la mayor parte de los últimos cinco años preguntándome el por qué de ellas y cómo poder lograrlas. En vano lo he logrado. Hoy sigo igual.
Cada vez que me preparaba para despedirme de algo o alguien, por alguna razón no era el momento. Sin embargo, cuando no lo esperaba llegaba la despedida, crucial y sin vales de re-intento. Todo es ser, estar y despedirse. Es lo que creo.
Hoy, por algún motivo, rememoro el tiempo. Lo que he pasado y lo que me ha forjado. Me rio. Una vez más, me estoy despidiendo. Diciéndole adiós a lo que pensé sería mí todo. Mientras lo portones se abren para dar entrada, yo hago salida. Entonces me sorprendo, porque la vida ha hecho conmigo las piruetas más ilógicas del mundo. Entonces, a la salida se quedan los miedos. El miedo a no ser lo suficientemente bueno, el miedo a no hablar correctamente, el miedo a dejarme llevar y ser uno más. El miedo a defraudar, a corromper y corromperme, a sufrir, a morir. En esa salida, significativa y ajena a todo, dejo lo que nunca pensé que era parte de ello.
Y con el corazón un poco más puro, el alma un poco más blanca y la cabeza despejada, intento una nueva vida. Sé que la vida es igual aquí y en el Tibet, pero esta vez hay una diferencia; no huyo de nada. Se supone que esta vez funcione mejor que la anterior. Y si funciona será lo mejor que me pasará, porque mira que lo anterior estuvo, como diría mi gringo, “de puta madre”.
Nota: La salida perfecta sería cuando calleran los hojas. Caminando sobre ellas y tras de ti, lo que abandonas, te observa. Un abrazo y un beso, a aquello que amas, amaste y amarás.

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