En el estacionamiento, la "arquitectura falló". No una arquitectura tocable, no una apreciable, una impuesta.
El camino no conducía a Roma, pero yo en cambio llegué. Iluminado por una vela en la pared llegó ella. Aquella que nunca me ha fallado.
El camino no conducía a Roma, pero yo en cambio llegué. Iluminado por una vela en la pared llegó ella. Aquella que nunca me ha fallado.
Sin minimizar, sin juzgar, sólo entender. Y entendí. Dejo mi orgullo atrás, dejo el egoísmo y me abro.
Y entiendo que sí existen esas limitaciones a las que tanto te has referido. Y sí comprendo que no soy capaz, hoy por hoy, de llenarlas. Y que más me hubiera gustado, que ofrecerte todo. Que darte cada día un lugar dónde pudieras dormir. Lo cálido de un hogar, lo sencillo de sólo conversar. La comprensión y la complicidad que sólo se alcanzan cuando los lazos se fortalecen. Pero no soy capaz. Por tanto, te dejo. No quiero enfuscarme buscando mi felicidad, olvidando que tú tienes derecho a la tuya.
Y siento eso, que nunca antes sentí con tanta intensidad. Y deseo que seas feliz, que en la alborada descubras la paz. Que nunca sufras, que nunca derrames una lagrima. Y quiero acompañarte en esa travesía, junto a ti, como amigo. No hay duda de que te mereces el mundo entero.
Me siento feliz, porque sé que tu lo serás. Y no habrá mejor momento en la vida, que cuando me llames y me digas "soy feliz..." Después de haberme encontrado, con las manos sobre la cabeza, se marcha mi Musa. Resolvió el dilema. Ojalá y te encuentre a ti también y te enseñe ese camino dónde la felicidad te espera.

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