20100521

Jamai's Vu

Ser escritor es un gran don, que si no sabes utilizar, te puede destruir. Una vez escribí algo llamado “Desamor”, un texto genuino, hecho a la medida y capaz de llegar al corazón de cualquiera. En él, reflejo la madurez, que se supone, tengo. Hoy por hoy, me siento reprimido en mí mismo, hoy por hoy entiendo a cabalidad, lo que una tarde de febrero escribí. No sé, cómo en ese momento lo hice, cómo llegué a escrutar ese sentimiento, tan horrible que resulta el desamor, sin haberlo sentido antes. Pero lo hice. Meses después, lo sentí, lo estoy sintiendo.

         Y la experiencia es peor de lo que pensé. Las canciones de Sabina, no llegan, el vino tiene que sobrar cada noche, y la comida no resulta tentadora. Las letras se van, el agua no es agua y extraño con fervor al México que tanto me dio. ¿Por qué México?

         Cuando decidí irme a estudiar a la UNAM, lo hice huyendo. Nunca definí concretamente, de qué huía. Y el viaje fue irónico. Me establecí durante unos meses, absorbí la cultura y lo triste del caso es que extrañaba el calor de mi isla. El éxito que se me auguraba allá era sorprendente. Una beca del gobierno, una beca universitaria, trabajo en investigaciones y no sé qué más. Sin embargo yo en mí empecinada ruta de escape, en vez de dar un paso hacia adelante, daba dos hacia atrás. Me prometí en ese país, no volver a escribir, sin embargo, las musas llegaron y me golpearon. Cada noche tenía que escribir y sin darme cuenta, regrese aquí, a mi destino.

Aceptado en la UNAM, cuatro becas otorgadas, regresé a la UPR. Volví al camino. La literatura era mi vida, y la ciencia un complemento. Pero cuando mejor se está, cuando más estable te sientes, es que se tienen que joder las cosas.

El destino es un cabrón que le gusta joder, y yo tan pendejo siempre le hago caso. Conocí a alguien, a quien debí evitar desde el primer momento. En ese instante, tuve un mal presentimiento (no  me gusta hacerle caso a mis presentimientos, aunque en un 93% de las veces, tienen razón) y decidí dar rienda suelta a lo que pasara. Y pasó. Pasó que salí yo jodido. Que el perfume se esfumó en el viento y con él se llevó mis letras, con las que me acababa de reconciliar. Me duelen las yemas de los dedos, por la desesperación. La musa se me murió, junto a la cama y no pude revivirla. Los libros están siendo guardados en cajones de poco interés. Y no sé, si sigo siendo escritor.

La Universidad, está en una lucha justa, real. Pero yo, estoy necesitado de trabajo. Necesito olvidar, ocupar la mente en cualquier cosa que no me haga pensar. La mudanza está cercana y me da miedo que en una de esas noches de despecho, vino, cerveza y cigarrillos, vea en alguna barra la figura que tanto me ha jodido en cuestión de nada.

Y siento que la ley del Karma es real. Yo jodí a la Editora hace poco, ahora me toca pasar, por lo que ella sufrió. No en la misma intensidad, pero hablando claro, esta pendejá duele.

Y entiendo lo que escribí. En aquel momento tuve un Jamai’s vu, de algo que viví en otra vida. Quiero volver a lo que era antes, a lo que tanto trabajo me costó llegar. No soy feliz, aquí lo admito. Y el vino resulta placentero, el cigarrillo encantador y la carretera una opción.

Y no quiero volver a jugar a niño grande. Y no quisiera ser maduro y tener la estúpida labia para hablarles a las mujeres. Y quisiera ser como todo universitario de mi edad. Sin que le importase el futuro, sin que se sintiera comprometido con algo.

Y pensar en pasar una noche en la Palguera. Y jugar PlayStation con mi hermano y correr a diario. Y no leer el periódico, sólo dormir hasta tarde. Y no coordinar talleres y no usar camisa de manga larga. Y no trabajar y sólo olvidar todo en cuestión de minutos.

Pero no soy así, así que me toca sufrir. Y no quiero creerle a Sabina, “que amores que matan, nunca mueren…” Quiero ser un niño, sentarme en la grama de mi casa, con mi perro al lado. Comerme un helado de la guagua que pasa vendiéndolos. Y no pensar, que mañana tengo que levantarme temprano. Y mucho menos tener esa imagen, posteada en la cabeza, de aquel primer beso que compartimos.

Y extraño al México, que me devolvió la fe. Y ser un escritor, es lo mejor y lo peor del mundo. ¡Maldita sensibilidad!

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