Ando con el corazón fuera de sitio.
Me palpo
y lo sorprendo palpitando en una mano,
en el vientre que espera,
en el ojo que tiembla.
No acepta órdenes ni reclamaciones.
Busca sanarse al sol,
reventarse de mí, dejarme,
y ya no sé si quiero retenerlo.
El corazón se busca y no te encuentra
y quiere emanciparse
para seguir tus huellas.
El muy ingenuo cree
que a fuerza de latir
su vida independiente
acabará encontrándote.
Me ha sorprendido en medio de la calle
cerca de la alborada
apedreando faroles
porque no me mirara
la redondez soleada de sus ojos abiertos.
Me ha suspendido al borde de la nada
en azoteas de vértigo
cerca de la alborada
que es cuando se rebela
el latidor inútil
fuera de sus cabales.
Me ha reclamado el verbo
con que cose el tapiz de la sangre
la aguja de tu nombre,
esa olvidada llave.
El corazón escapa,
el muy suicida pez harto de su pecera,
se echa a rodar calle abajo.
Yo lo sigo y ya no sé cómo te llamas.
Pero él sabe.
Sabe que en otra parte tú también te emborrachas,
cristalinos, los ojos,
abatidas, las alas.
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