Hoy cruce el Distrito Federal de México, de norte a Sur. No lo hice como el puertorriqueño de nacionalidad estadounidense que no se atreve a caminar en las calles, lo hice como Ángel Giovannie, caminando, subiendo de bus en bus, y transbordando de tren en tren. El recorrido me tomo cuatro horas.
Justo luego de tomar el examen de la UNAM, agarre el primer taxi que encontré y le dije con mi acento de extranjero, lléveme a Tacubaya. Tacubaya es un sector aquí en la capital de México, que no tiene la mejor fama del mundo, es como decir La Perla en San Juan. No es el sitio mas peligroso de México, pero los extranjeros le huyen, debido a los múltiples asaltos, secuestros y otras cosas por el estilo.
- ¡Patrón! ¿Esta seguro? Eso allí es peligroso para usted. Así no mas con esa pinta se sabe de sobra que usted no es de aquí.
-Lléveme allí.
Cuando me baje del taxi, el olor a alcantarilla me abofeteo. No es tan malo como lo pintan. Es un lugar no muy lindo, de mucha gente humilde, donde en cada esquina hay un mercado, muchas películas piratas y muchos reambulantes. No pude evitar socializar con muchos allí, es solo gente humilde. A veces las cosas no son como parecen. Me sentí en contacto con la otra parte de México, lejos del lujoso apartamento en La condesa. Lejos de los mega comerciales y los autos de lujo. Lejos de la gente fina y rica, lejos de los restaurantes mas caros del país. Allí conocí la realidad que muchos viven en este país. Allí comenzó otra ironía mas, de las que no me puedo explicar. Una vendedora me regalo un aguacate diciéndome; “es usted muy simpático joven y tiene unos ojos re-bonitos, tenga este aguacatito, es de mi parte por ser tan amable…”
El ambiente es tétrico y se ven muchas cosas feas, pero no podía hacer nada. Esa gente ha sido relegada allí por sencillamente ser pobres. Gente con facciones indias, gente completamente analfabeta, gente bella de corazón. ¿Qué culpa tienen de tratar de ganarse la vida? ¿Qué culpa tienen de intentar comer todas las noches a como de lugar?
Allí tome el tren en la estación Tacubaya, camino a Cuatro Calles y Xochimilco. Me sentía perdido en esos túneles subterráneos por donde caminan miles de personas, que no piensan mas que en tratar de subsistir un día mas. Entre cada estación, entraba al vagón algún vendedor ambulante, gente que vendía hasta el alma por solo diez pesos mexicanos (75 centavos EUA).
“Discos compactos, cómprelos…” “Toallas sanitarias, siempre serán necesarias damita…” “Para esa ocasión especial, lleve su goma de mascar…” “Cartilla fonética para que su hijo se eduque…” “Dulces de agave…” “Banditas para cortaduras…”
Entonces me sentí mal, me entro la culpa. ¿Cómo es posible que un puertorriqueño se queje de que no tiene dinero? Si cuando en esos trenes niños de 10 años venden dibujos a los turistas para poder comprar una libra de pan y ayudar a sus papas con los gastos. Como es posible que muchas veces despilfarremos la vida misma, cuando en un bus un joven con una guitarra y la voz mas preciosa del mundo, canta varias melodios por 20 pesos mexicanos ($1.50 dólares EUA). Me dio vergüenza de mi mismo de ver como la vida es injusta con muchos. De cómo la balanza se desvirtúa a favor de los que estamos gordos (dinero). El ver tanta pobreza, tanta necesidad, de pueblo en pueblo, de barrio en barrio, me hizo entender mucho.
Sin embargo, a ellos aun le queda la esperanza. Ellos mismos lo dicen con alegría, “Chambeo porque es necesario y no me quejo porque al menos tengo para comer…” “No pues, si está gacho, pero se que algún día las cosas mejoraran… hay que tener fe.”
Las casas en piedra sin empañetar, los extraños que respiran literalmente sobre mi en el tren ligero. Ya no cabe ni una persona mas. Las puertas del vagón se abren y el reto esta en permanecer dentro sin que te empujen hacia la parada. Al fin y al cabo es el método de viaje mas barato solo 3 pesos mexicanos (menos de 20 centavos EUA.)
Son las ultimas cosas que veo, cierro los ojos y el tren ligero sigue bajando toda la avenida TLALPLAN, en el horizonte se van perdiendo las vías del tren, entre humo de los autos y el horrible frío que acecha.
Abro los ojos. Se que estoy muy al sur en el distrito federal, se escucha en el tren;
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“Próxima y ultima parada en tres minutos, Xochimilco”

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