
-Bienvenido a mi hogar.
Desde el portal pareciera una casa normal, sencilla, ruidosa y de gente feliz. Bonito jardín, fachada perfecta, tragaluces hermosos. Pero cuando pasas de la puerta descubres maravillas y encantos inimaginables. Todo lo que mi vida guarda vive en esta casa.
Cuando cruzas el portal las paredes están pintadas del color del vino tinto. Bonitas cortinas cubren las ventanas que dan a la calle, para que nadie se aproveche y vea mas de lo que debe ver. Un pasillo cruza entre medio de dos salones, uno con la eterna puerta cerrada, donde mis ancestros guardaron las barbaridades que se cometieron contra mi ascendencia. Nunca he entrado a este salón, tengo prohibido el paso. Solo entra la mucama una vez cada siete años, a limpiar el polvo y quizás el excremento de las ratas.
Mi mucama nunca habla, tiene unos bigotes muy parecidos a los de los gatos, camina encorvada y araña las paredes. A veces creo que es una mujer mitad gato, pues sus extraños rituales egipcios en la cocina, y su fascinación por el salmón no me dan otra idea mas en la que pensar. Además de que vive obsesionada con matar ratas.
Solo ella carga en su cuello, bajo los bigotes negros de su cara, la llave del salón con la eterna puerta cerrada. Al otro extremo un salón con las paredes cubiertas de libros que quizás en otras vidas leeré, pues creo conocerlos todos de rabo a cabo, se abre paso. Muchas figuras geométricas cubren el suelo y el techo. Y de las ventanas cuelgan grandes esculturas en mármol de artistas famosos. En el mismo centro esta una mesa de caoba, sobre la cual descansa una lupa junto a un lápiz. Nunca los he tocado por miedo a que se pierdan, prefiero verlos de lejos e imaginar que los uso.
Al final de salón una pequeña puerta, cada vez que te acercas más pequeña, al punto que para traspasarla necesitas ñangotarte. Dentro no hay nada, solo una escalera. Es el salón del vacío, donde guardamos las cosas incompletas o los fracasos más pertinentes. Sus paredes son negras y casi no se ve nada, no hay luz. Y todo lo que entras ahí para iluminar es apagado por una suave brisa que aun nos preguntamos de donde viene.
Subiendo la escalera esta mi vida secreta, allí almaceno mis amores, mis triunfos mis desesperaciones, solo la mucama sube allí con frecuencia a limpiar, pues a veces hasta a mi se me olvida, que allá arriba esta mi vida. Solo recuerdo subir cuando pierdo la fe en las cosas, y es donde entre rompecabezas que el tío D. me regalo, despejo la mente en metáforas que la tía V. me escribió.
En ocasiones bajo al sótano, donde se pasean los espectros de las cosas mas inhóspitas. Una vez escuche que en el sótano se practicaba la brujería y por eso es que allí se siente la vibra de energía externas y se pueden tener premoniciones sobre el futuro y visiones sobre el pasado. Pero han de ser solo rumores, una leyenda que algún primo invento para asustar, porque en el sótano nunca he visto mas que a los antiguos fantasmas de las cosas. Como el de la antigua escoba de la mucama, es un fantasma que aun se pasa barriendo las ideas de quienes entran allí.
Hay un armario, es gigantesco. Hay cientos y cientos de hectáreas de cosas, estatuillas rotas, fotos amarrillas, periódicos rotos… Cosas que son divertidas encontrar. He encontrado hasta frascos con recuerdos de amor, del antiguo mayordomo A.
Mayordomo que desapareció sin dejar rastro, ni carta de renuncia. A veces creo que la mucama lo cocino y no los dio de comer. Aun quedan las ropas en su antigua habitación y sus libros de poesía descansas sobre la mesa de noche, con la cama desecha tal cual como la dejo la mañana que desapareció.
A veces me pierdo durante días por pasillos que nunca antes había recorrido, pasillos de colores, pasillos de cristal puro, pasillos tan oscuros como el infierno mismo. Hace unos años por estar jugando a las escondidas para molestar a la mucama, entre en una habitación roja como la sangre. Ente la poca luz que se colaba se escuchaba un “…lup…dup…” mágico del cual salían chorros de líquidos que me traspasaban sin mojarme. Me asuste pues creí que había algún ladrón allí metido, pero cuando la mucama abrió la puerta entro la luz del pasillo e ilumino por completo el cuarto en penumbras. Vi en la pared un gigantesco cuadro pintores tico, donde estaba yo parado al lado de una figura a la cual solo conocía en sueños. De las figuras salían los chorros. La mucama me agarro por el cuello y me saco de allí enterrándome sus garras en la cara.
Las heridas ya me han sanado, me ha quedado una pequeña cicatriz, la cual cada vez que veo entiendo el porque del tiempo y las travesuras. Sin embargo sigo pensando y viendo en sueños la figura aquella, que vi junto a mí en ese cuarto. En vano he buscado la puerta roja, pero no la encuentro. Con un estetoscopio me pase mucho tiempo buscando por las paredes el “…lup…dup…” mágico. Pero solo en sueños lo he oído.
A veces me siento horas a mirar por la ventana el bonito jardín que tengo, las flores se marchitan pero se abonan y resurgen con mayor belleza en cada estación. Cada flor más madura, más creativa en los colores, una forma más egipcia.
Cuando salgo de la casa traigo amigos de la calle, pero todos se pierden en la inmensidad de la casa y nunca he intentado buscarlos, pues siempre me acuerdo del “…lup…dup…” y prefiero buscar el cuarto rojo que a los amigos.
Mi casa es grande, llena de secretos, llena de vida. Cada noche la mucama, mitad gata mitad mujer, cierra con llave la puerta principal, con ciertos movimientos rítmicos invoca un ritual, y el color del vino tinto se apaga mientras ella me ordena que descanse.
Cuando cierro los ojos me encuentro en otro plano, uno en el que mi casa esta perdida. A lo lejos escucho el “…lup…dup…”, muy dentro de mi. Y eso me da la seguridad de un sueño libre, un sueño limpio, y así descanso, para cuando abra los ojos este de nuevo en el interior de la casa.
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