20091115

Del agua y otras perfecciones


La dama tenía una obsesión. Su obsesión era el mar. Cuando niña su vida se encontraba plasmada de arte. Una educación de excelencia, lujos exuberantes, pero siempre se preguntaba; ¿Quién soy, qué soy? Vivía en el martirio extenuante de la soledad, sintiendo así, como la vida se le iba sin más ni más. Intentaba de todo, guerras frías contra potestades insolubles, cantos de alegría, visiones de esperanza, reinos de hombrías, pero nada de esto le daba sentido a su vida. Pacticoobras de caridad, a miles de religiones fue convertida, pero todo la llevaba a la misma interrogante: ¿Quién soy, qué soy? Como seria obvio de niña artísta, paso a ser joven seria y fría como las piedras. Se volvió una real artimaña del mentir, sabía como engañar hasta al más astuto, pero aun así: ¿Quién soy, que soy? Se preguntaba. Las esperanzas de la chica mermaban, mientras poco a poco se hacía mujer, observando la vida de los demás, escuchando historias para contar, dando de que hablar, y sobre todo, haciendo felices a los demás.

¿Cómo? Le decía a todos la mentira que querían escuchar. Los engañaba de la manera más sutil, llenando la vida del engañado con lo que deseaba escuchar. Al feo le decía hermoso, al pecador le pedía consejos de santidad, al frustrado le decía exitoso, y al que vivía en la oscuridad, le pedía luz. Todos le creían y le daban de lo que no tenían, pues como se murmura en las calles aledañas; es más cómodo engañarse que vivir la verdad. La mujer iba por el mundo, dando sus engaños como si fueran perfumes embotellados. Para cada ciudad tenía un nombre y un vestido distinto. Para cada momento tenía una frase adecuada. La maestra de las palabras, la reina de las supersticiones sabía leer la mano y con ella ver la edad y las carencias de cualquiera; con eso se daba el lujo de ser aceptaba. Brindaba halagos a quien se jactara de no necesitarlos y en cuestión de nada, todos deseaban ser parte de ella. Pero no era tan buena. Era capaz de destruir a cualquiera con sólo un verso. La dama del engaño, la señora de todos, llegó a los cuarentaitantos, sin más recompensa que los recuerdos de las miles de mentiras que alguna vez dijo. Y aún se preguntaba: ¿Quién soy, qué soy? Por casualidades del destino efímero y traicionero, ella fue llevada a una playa, donde encontró quizás la respuesta. Frente al mar, se sintió pequeña e indefensa. Frente al mar, quedó hechizada en una realidad paralela, sus ojos sólo eran capaces de ver el vaivén de las olas una y otra vez. Sentía que su lugar estaba alla, a lo lejos, donde el cielo choca con el agua salada, donde la tierra acaba y donde sólo se piensa y no se habla.

La sal le comió el vestido, los cabellos se quemaron por el sol, la piel se le secó, y en su mirada se veía un brillo que todos adjudicaron a la hechicería. La conmoción dio paso al turismo, la gente pasaba por allí y murmuraban, “miren a la loca del mar”. La loca como la llamaban, estaba como sumida en un trance, pues sus ojos no se despejaban del mar, se alimentaba con caracoles y algas traidos por el mar, pero no se movía, sólo miraba el mar. Decidieron intervenir. Los loqueros llegaron con sus sueros de morfina, con su camilla representativa y sus batas blancas sin manchas. Cuando se acercaron a la loca, se llevaron la sorpresa de sus vidas, pues en solo tres versos, los desarmó. Los dejó llorando como recién nacidos tirados en la arena, junto a ella.

El mar creció, embraveció, volvió a la calma. Las estaciones de pesca pasaban, las aguas se congelaban, llegaba el verano, y allí seguía la loca de la playa, con el vestido hecho nada, con la mirada en el mar. Todos olvidaron a la loca de la playa, todos, la obviaron, pero según se dice, un día caluroso de verano, la vieron los pescadores levantarse e ir mar adentro. Dicen que mientras se adentraba en las aguas saladas, se quitaba lo que quedaba del vestido. Dicen que se veía muy flaca, que se le marcaban los huesos y que hasta el intestino se podía observar en la distancia. Dicen que la vejez se le acrecentaba. Dicen que mientras se adentraba a las profundidades sólo gritaba “Ya sé quién soy, ya sé qué soy” “Ya sé quién soy, ya se que soy…” Ya se quien soy, ya…”

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